¿Qué es el miedo a envejecer y qué se puede hacer para superarlo?

Si existe un miedo tan viejo como el mundo, es el miedo a envejecer. Tanto poetas como escritores, pasando por compositores, pintores, escultores, sin hablar de filósofos; han tratado este tema. No son pocos los artistas y los pensadores que no lo hayan representado en sus obras.

Algunos incluso han aportado respuestas y soluciones y otros han acrecentado la Gerascofobia, que es el miedo a envejecer.

Pero este miedo, no está ligado solamente al tema de la vejez, sino que también tiene una conexión con el miedo a morir; una idea inevitable. Todo el mundo sabe que va a envejecer y luego a morir, pero los individuos no piensan constantemente en eso, o en todo caso no es la preocupación más grande. Cuando esto se transforma en una patología severa además de la gerascofobia, las personas desarrollan tanatofobia, que es el miedo a morir.

Aferrarse a la juventud no es sólo una preocupación de los egos superficiales y neuróticos. Esta angustia es también el fruto del funcionamiento de nuestra sociedad individualista, utilitaria, en donde cada uno tiende a existir únicamente por su rendimiento, y por su valor en el “mercado de la seducción”. En el discurso dominante, la vejez es casi siempre evocada en términos de inutilidad, de pérdida y de decadencia.

Dejar de gustar, ser menos eficaz y perder cierta autonomía, implica correr el riesgo de perder un lugar en la sociedad, verse excluido del mercado laboral o incluso, del amor. Implica simbólicamente estar condenado a desaparecer.

Y entonces, cuando ya no somos muy jóvenes, tratamos de parecerlo. Y si no es para complacernos a nosotros mismos, al menos para complacer a los demás, para preservar durante más tiempo la posibilidad de ser deseados y de convocar la mirada interesada del otro.

El psicogerontólogo, Jerónimo Pellissier, explica que los códigos sociales han cambiado y que, según las estadísticas, el sentimiento de “ser viejo” aparece recién alrededor de los 68 años de edad.

Cien años atrás, para determinar los tipos de edades, disponíamos de criterios objetivos como por ejemplo las aptitudes para trabajar, o para ir a la guerra en el caso de los hombres, o la capacidad para procrear en el caso de las mujeres. Cada uno sabía qué lugar ocupaba en la sociedad, porque la edad lo determinaba.

Hoy en día, los roles se han visto alterados y vemos cómo la infancia dura poco y aparece más temprano la adolescencia. Cada vez más seguido escuchamos hablar de “pre pubertad precoz”.

Luego, accedemos a nuestro primer crédito y como a los 30 años en promedio, las personas logran independizarse. Pero ya, a los 45 años, en el aspecto laboral nos vienen pisando los talones los más jóvenes y con la sangre nueva que aportan nos confrontan con nuestros propios límites y nos empujan a la salida. ¡No hemos tenido tiempo para respirar y ya tenemos que empezar a pensar en la jubilación!

Pero gracias a los progresos de la medicina, la esperanza de vida actualmente es de 80 años en promedio para ambos sexos. Cada vez somos “viejos” más temprano desde el punto de vista social, mientras que envejecemos más tarde desde el punto de vista biológico. Esta distorsión entre real y simbólica produce una situación psicológica de ansiedad: el miedo a la vejez comienza a atormentarnos antes que nuestro organismo sienta los efectos. Y este miedo es a menudo peor que la vejez en sí misma.